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A diferencia de Grecia (la Hélade), un conjunto de ciudades estado (polis) en perpetuo conflicto hasta su unificación por los macedonios Filipo y su hijo Alejandro, Roma fue, ante todo, una ciudad que, desde su fundación en el 753 a.C. no dejó de acumular poder y riqueza. La sociedad romana siempre estuvo muy estructurada y altamente jerarquizada entre personas libres y esclavos, patricios y plebeyos, ciudadanos y extranjeros, y finalmente, hombres y mujeres, por lo que los conflictos internos fueron frecuentes a lo largo de su historia, casi en la misma medida que sus «jugosas» guerras exteriores. Por otro lado, la facilidad de los romanos para absorber todas las aportaciones culturales y técnicas de los pueblos conquistados, convirtieron a su imperio en uno de los centros de civilización más avanzados de la historia.
2.1. De los orígenes a la República
Tanto
fenicios como griegos comerciaron, durante la primera mitad del 1er milenio
a.C., con los pueblos que vivían en las riberas del mar Mediterráneo, entre los
cuales difundieron sus formas económicas y culturales, fundaron ciudades y
crearon rutas de comunicación. Gracias a su influencia, los íberos o los
tartesios en la Península Ibérica, los etruscos en la península Itálica, o los
cartagineses en el norte de África, desarrollaron culturas relativamente
avanzadas, que fueron entrando poco a poco en la historia.
Desde
principios del siglo VI a.C., la antigua fundación fenicia de Cartago, en el
norte de África, emprendió la conquista de las tierras e islas del Mediterráneo
occidental, con el fin de dominar las rutas comerciales entre Oriente y
Occidente. Al mismo tiempo, los etruscos se hacían con el control de Roma , la
floreciente ciudad de los latinos en el valle del río Tíber, en la que
impusieron sus reyes y a la que engrandecieron dotándola de murallas, obras
públicas y monumentos.
Sin embargo,
en el año 509 a.C., los romanos expulsaron al último rey etrusco, proclamaron
la República e iniciaron una serie de campañas militares que les llevaron a
dominar toda la península Itálica. Fue entonces cuando comenzaron las
rivalidades con Cartago, a los que derrotaron en las llamadas Guerras Púnicas.
Durante la segunda de ellas, en la que el rey cartaginés Aníbal, tras sendas
victorias en Cannas y el lago Trasimeno (en la imagen), a punto estuvo de tomar
su capital, los romanos comenzaron la conquista de una gran imperio que
llegaría a abarcar toda la cuenca del Mediterráneo. Hispania primero, África
después, Grecia, Asia Menor, etc., fueron incorporadas al imperio como
provincias de Roma tras las correspondientes campañas militares.
2.2. La expansión del
Imperio
En el siglo I a.C., Julio César y Octavio Augusto, convertido éste en emperador, engrandecieron el imperio romano con nuevos territorios como la Galia, Egipto, parte de Germania, etc. Durante los siglos I y II, Roma alcanzó su máxima expansión, bajo los emperadores “hispanos” Trajano y Adriano, para caer en una profunda crisis cuando, durante el siglo III, Roma tuvo que emplear muchos recursos para detener la presión de los germanos en la frontera norte y los partos en el este.
Con la llegada del emperador Diocleciano al poder, se puso fin a dicha crisis, pero la parte occidental del Imperio quedó muy dañada desde el punto de vista económico, demográfico y social. Constantino I trasladó la capital a Oriente, donde fundó una nueva ciudad junto al Bósforo, a la que denominó Constantinopla. A finales del siglo IV, en el 395, el emperador Teodosio dividió definitivamente el imperio entre sus dos hijos. La parte oriental continuaría aún 1000 años más (bajo el nombre de Imperio Bizantino), mientras que Occidente fue invadido por los germanos, que lo saquearon, se apropiaron de provincias enteras y, finalmente, lo hicieron caer en el año 476, hecho que pone fin a la Edad Antigua.
Roma pudo
crecer y engrandecerse hasta convertirse en el mayor Imperio de la antigüedad,
gracias a dos factores clave: Por un lado, su casi perfecta organización
política, administrativa y económica; por otro, el proceso de Romanización.
2.3. La organización
del imperio.
El Imperio
de Roma fue una creación de su ejército. A medida que las legiones conquistaban
nuevas tierras, éstas se convertían en provincias de Roma, unas bajo
administración del Senado (más romanizadas y con ciudadanía romana), y otras
(que aún debían ser “pacificadas”) bajo control del emperador, en un principio
el jefe militar supremo. En ellas, las legiones fundaban ciudades en las que se
asentaban los propios soldados y un extenso cuerpo de funcionarios cuya tarea
era administrar todos los recursos encontrados. Dichas ciudades eran unidas por
una extensa red de calzadas que las comunicaban con Roma o con la capital de la
provincia.
En cuanto a
la organización política, Roma pasó por tres fases:
·
La Monarquía (hasta el año 509 a.C.), en la que un
gobierno tiránico y extranjero (de origen etrusco) se impuso por la fuerza a
una sociedad muy variopinta en la que ya destacaban algunas grandes familias de
origen latino que aspiraban a ejercer el poder.
·
La República (hasta el año 27 a.C.) en la que el
gobierno estaba en manos de los patricios, que controlaban las principales
instituciones (Senado, magistraturas y comicios), por lo que, durante los casi
5 siglos que duró, las luchas sociales entre éstos y los plebeyos, fueron casi
constantes, llegando en ocasiones a la guerra civil.
·
El Imperio (hasta el año 476) que surgió cuando
Octavio Augusto. Concentró en su persona, todos los poderes que durante la
República habían estado repartidos entre las diversas instituciones, dando
lugar así una nueva forma de estado autocrático en que el emperador era
considerado un ser divino. En el Bajo Imperio (siglos IV y V), tras la difusión
y afirmación del cristianismo, su poder autocrático se reforzó, aunque
subordinado a la Iglesia.
En una época
en que la riqueza se obtenía principalmente del empleo de esclavos en el
comercio y en todas las actividades productivas, Roma basó su poder en las
numerosas guerras de conquista, de las que sus generales volvían victoriosos,
con nuevas tierras para el imperio y numerosos prisioneros de guerra que,
vendidos como esclavos, eran fuente de riqueza y prestigio.
El final de esas guerras, hacia finales del siglo II, supuso, en parte, el
inicio de los problemas económicos del Imperio, que entraría en una
profunda crisis durante el siglo III. La disminución de ingresos
por la falta de esclavos baratos, hizo subir los precios (inflación) y obligó a
aumentar los impuestos y a devaluar la moneda, lo que provocó el
empobrecimiento de la población. Todo ello se tradujo en un fuerte malestar
social, una gran inestabilidad política y, sobre todo, desde mediados del siglo IV en una intenso proceso de ruralización que
afectó sobre todo a las provincias de Occidente. Éste se debió, principalmente,
al desabastecimiento de productos básicos que afectó a las ciudades, lo que
llevó a miles de sus habitantes a buscar un medio de vida en el campo, como
colonos de los grandes terratenientes (Domini), que les cedían
tierras a cambio de determinadas rentas y cargas. Cobraron así importancia
numerosas villas (o grandes complejos residenciales en el
campo) que, lejos de la decadencia de las ciudades, se convirtieron en los
centros de poder económico y político de grandes áreas en torno a ellas.
Eran los
momentos finales del imperio de Occidente que, desde el 395, cuando el
emperador Teodosio dividió en dos mitades el Imperio Romano, no había hecho
sino debilitarse progresivamente, y perder la cohesión interna que, a nivel
político y cultural, había hecho grande a Roma, a través del proceso conocido
como romanización.
Finalmente hacia el año 476 la Roma de Occidente cae por la llegada de los pueblos germánicos o bárbaros procedentes del Norte de Europa y que derrotaron definitivamente al Imperio Romano de Occidente.
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