miércoles, 5 de marzo de 2025

TEMA 8: LA CIVILIZACIÓN ROMANA

(Tiempo aproximado de lectura: 5 minutos)

A diferencia de Grecia (la Hélade), un conjunto de ciudades estado (polis) en perpetuo conflicto hasta su unificación por los macedonios Filipo y su hijo Alejandro, Roma fue, ante todo, una ciudad que, desde su fundación en el 753 a.C. no dejó de acumular poder y riqueza. La sociedad romana siempre estuvo muy estructurada y altamente jerarquizada entre personas libres y esclavos, patricios y plebeyos, ciudadanos y extranjeros, y finalmente, hombres y mujeres, por lo que los conflictos internos fueron frecuentes a lo largo de su historia, casi en la misma medida que sus «jugosas» guerras exteriores. Por otro lado, la facilidad de los romanos para absorber todas las aportaciones culturales y técnicas de los pueblos conquistados, convirtieron a su imperio en uno de los centros de civilización más avanzados de la historia.

2.1. De los orígenes a la República

Tanto fenicios como griegos comerciaron, durante la primera mitad del 1er milenio a.C., con los pueblos que vivían en las riberas del mar Mediterráneo, entre los cuales difundieron sus formas económicas y culturales, fundaron ciudades y crearon rutas de comunicación. Gracias a su influencia, los íberos o los tartesios en la Península Ibérica, los etruscos en la península Itálica, o los cartagineses en el norte de África, desarrollaron culturas relativamente avanzadas, que fueron entrando poco a poco en la historia.

Desde principios del siglo VI a.C., la antigua fundación fenicia de Cartago, en el norte de África, emprendió la conquista de las tierras e islas del Mediterráneo occidental, con el fin de dominar las rutas comerciales entre Oriente y Occidente. Al mismo tiempo, los etruscos se hacían con el control de Roma , la floreciente ciudad de los latinos en el valle del río Tíber, en la que impusieron sus reyes y a la que engrandecieron dotándola de murallas, obras públicas y monumentos.

Sin embargo, en el año 509 a.C., los romanos expulsaron al último rey etrusco, proclamaron la República e iniciaron una serie de campañas militares que les llevaron a dominar toda la península Itálica. Fue entonces cuando comenzaron las rivalidades con Cartago, a los que derrotaron en las llamadas Guerras Púnicas. Durante la segunda de ellas, en la que el rey cartaginés Aníbal, tras sendas victorias en Cannas y el lago Trasimeno (en la imagen), a punto estuvo de tomar su capital, los romanos comenzaron la conquista de una gran imperio que llegaría a abarcar toda la cuenca del Mediterráneo. Hispania primero, África después, Grecia, Asia Menor, etc., fueron incorporadas al imperio como provincias de Roma tras las correspondientes campañas militares.

2.2. La expansión del Imperio

En el siglo I a.C., Julio César y Octavio Augusto, convertido éste en emperador, engrandecieron el imperio romano con nuevos territorios como la Galia, Egipto, parte de Germania, etc. Durante los siglos I y II, Roma alcanzó su máxima expansión, bajo los emperadores “hispanos” Trajano y Adriano, para caer en una profunda crisis cuando, durante el siglo III, Roma tuvo que emplear muchos recursos para detener la presión de los germanos en la frontera norte y los partos en el este. 

Con la llegada del emperador Diocleciano al poder, se puso fin a dicha crisis, pero la parte occidental del Imperio quedó muy dañada desde el punto de vista económico, demográfico y social. Constantino I trasladó la capital a Oriente, donde fundó una nueva ciudad junto al Bósforo, a la que denominó Constantinopla. A finales del siglo IV, en el 395, el emperador Teodosio dividió definitivamente el imperio entre sus dos hijos. La parte oriental continuaría aún 1000 años más (bajo el nombre de Imperio Bizantino), mientras que Occidente fue invadido por los germanos, que lo saquearon, se apropiaron de provincias enteras y, finalmente, lo hicieron caer en el año 476, hecho que pone fin a la Edad Antigua. 

Roma pudo crecer y engrandecerse hasta convertirse en el mayor Imperio de la antigüedad, gracias a dos factores clave: Por un lado, su casi perfecta organización política, administrativa y económica; por otro, el proceso de Romanización.

2.3. La organización del imperio.

El Imperio de Roma fue una creación de su ejército. A medida que las legiones conquistaban nuevas tierras, éstas se convertían en provincias de Roma, unas bajo administración del Senado (más romanizadas y con ciudadanía romana), y otras (que aún debían ser “pacificadas”) bajo control del emperador, en un principio el jefe militar supremo. En ellas, las legiones fundaban ciudades en las que se asentaban los propios soldados y un extenso cuerpo de funcionarios cuya tarea era administrar todos los recursos encontrados. Dichas ciudades eran unidas por una extensa red de calzadas que las comunicaban con Roma o con la capital de la provincia.

En cuanto a la organización política, Roma pasó por tres fases:

·         La Monarquía (hasta el año 509 a.C.), en la que un gobierno tiránico y extranjero (de origen etrusco) se impuso por la fuerza a una sociedad muy variopinta en la que ya destacaban algunas grandes familias de origen latino que aspiraban a ejercer el poder.

·         La República (hasta el año 27 a.C.) en la que el gobierno estaba en manos de los patricios, que controlaban las principales instituciones (Senado, magistraturas y comicios), por lo que, durante los casi 5 siglos que duró, las luchas sociales entre éstos y los plebeyos, fueron casi constantes, llegando en ocasiones a la guerra civil.

·         El Imperio (hasta el año 476) que surgió cuando Octavio Augusto. Concentró en su persona, todos los poderes que durante la República habían estado repartidos entre las diversas instituciones, dando lugar así una nueva forma de estado autocrático en que el emperador era considerado un ser divino. En el Bajo Imperio (siglos IV y V), tras la difusión y afirmación del cristianismo, su poder autocrático se reforzó, aunque subordinado a la Iglesia.

En una época en que la riqueza se obtenía principalmente del empleo de esclavos en el comercio y en todas las actividades productivas, Roma basó su poder en las numerosas guerras de conquista, de las que sus generales volvían victoriosos, con nuevas tierras para el imperio y numerosos prisioneros de guerra que, vendidos como esclavos, eran fuente de riqueza y prestigio.
El final de esas guerras, hacia finales del siglo II, supuso, en parte, el inicio de los problemas económicos del Imperio, que entraría en una profunda crisis durante el siglo III. La disminución de ingresos por la falta de esclavos baratos, hizo subir los precios (inflación) y obligó a aumentar los impuestos y a devaluar la moneda, lo que provocó el empobrecimiento de la población. Todo ello se tradujo en un fuerte malestar social, una gran inestabilidad política y, sobre todo, desde mediados del siglo IV en una intenso proceso de ruralización que afectó sobre todo a las provincias de Occidente. Éste se debió, principalmente, al desabastecimiento de productos básicos que afectó a las ciudades, lo que llevó a miles de sus habitantes a buscar un medio de vida en el campo, como colonos de los grandes terratenientes (Domini), que les cedían tierras a cambio de determinadas rentas y cargas. Cobraron así importancia numerosas villas (o grandes complejos residenciales en el campo) que, lejos de la decadencia de las ciudades, se convirtieron en los centros de poder económico y político de grandes áreas en torno a ellas. 

Eran los momentos finales del imperio de Occidente que, desde el 395, cuando el emperador Teodosio dividió en dos mitades el Imperio Romano, no había hecho sino debilitarse progresivamente, y perder la cohesión interna que, a nivel político y cultural, había hecho grande a Roma, a través del proceso conocido como romanización.

Finalmente hacia el año 476 la Roma de Occidente cae por la llegada de los pueblos germánicos o bárbaros procedentes del Norte de Europa y que derrotaron definitivamente al Imperio Romano de Occidente.


No hay comentarios:

Publicar un comentario