martes, 3 de junio de 2025

TEMA 3 LOS ARTES MEDIEVALES

El fuego de la chimenea chisporroteaba en el interior de la abadía asturiana, ajeno al viento helado del invierno. Frente al hogar, Julián, el viejo maestro constructor, desplegaba sobre la mesa de madera cuatro fragmentos de pergamino. A su lado, su joven aprendiz, Martín, observaba aquellos dibujos con ojos llenos de asombro.

—Cada línea de estos pergaminos, Martín, guarda el secreto de cómo los hombres levantan templos para alcanzar el cielo —dijo Julián, acariciando las hojas—. He pasado mi vida viajando, aprendiendo de diferentes maestros, y en mis manos sostengo las cuatro almas que definen nuestra época.
Julián señaló el primer pergamino, donde se dibujaba un arco de herradura perfecto, rodeado de intrincadas hojas talladas en piedra.
—Este dibujo lo calcé de las ruinas de Medina Azahara, en el sur, donde florece el arte andalusí —explicó el maestro con nostalgia—. Allí aprendí que los muros no necesitan ser de sillería pesada para ser hermosos; el ladrillo y el yeso se vuelven poesía cuando los cubres con el ataurique, esos tallados vegetales que parecen cobrar vida. Los andalusíes buscan la horizontalidad, la frescura de los patios con estanques, y coronan sus estancias con cúpulas de nervios que jamás se cruzan en el centro, dejando que la luz juegue entre los arcos polilobulados. Es un arte que susurra, que esconde su riqueza en el interior.
Luego, movió el dedo hacia el segundo fragmento, donde se veía la planta de una pequeña iglesia con un tejado de aleros pronunciados.
—Pero mi propio pueblo, los mozárabes, tomamos esa belleza y la llevamos a las iglesias cristianas del norte —continuó Julián, señalando el plano de San Miguel de Escalada—. Aislados, perseguidos a veces, creamos el arte de la repoblación. Adoptamos el arco de herradura califal, pero lo encerramos en un marco recto, el alfiz. Construimos iglesias pequeñas, íntimas, donde los capiteles recuerdan a las hojas de acanto de los romanos pero tallados con la tosquedad y la fuerza de nuestras manos. Cubrimos nuestros pequeños templos con bóvedas de gallones, como gajos de una fruta de piedra. Es el arte de la resistencia y la hibridación.
El maestro suspiró y extendió el tercer pergamino, cuyos trazos eran firmes, gruesos y geométricos.
—Años más tarde, subiendo por el Camino de Santiago, me topé con el arte románico. ¡Qué cambio, Martín! Aquello era la fuerza pura de la piedra caliza. Iglesias rurales que parecen fortalezas de Dios. Allí los muros son tan gruesos que apenas se pueden abrir pequeñas saeteras, dejando el interior en una penumbra que te obliga a arrodillarte y mirar hacia dentro de tu alma. El rey absoluto es el arco de medio punto, una circunferencia perfecta que sostiene pesadas bóvedas de cañón. En sus portadas de piedra, los escultores tallan figuras rígidas, frontales y solemnes del Pantócrator para enseñar las Sagradas Escrituras a quienes no saben leer. El románico es eterno, sólido, un refugio inmutable frente al miedo del mundo.
Finalmente, Julián destapó el cuarto y último pergamino. En él, las líneas se disparaban verticalmente hacia arriba, terminando en puntas afiladas y estructuras que parecían flotar en el aire.
—Y ahora, en el ocaso de mis días, llega desde el norte de Francia esto: el arte gótico —dijo Julián, con los ojos brillando de entusiasmo—. Es una revolución técnica y espiritual, Martín. Los constructores han aprendido a usar el arco apuntado u ojival y la bóveda de crucería. Ya no necesitamos esos muros gruesos del románico; ahora el peso del edificio se descarga hacia el exterior a través de un esqueleto de arbotantes y contrafuertes. ¡Los muros se han vuelto libres! Gracias a eso, las catedrales se elevan hacia las nubes y las paredes se sustituyen por inmensas vidrieras de colores que inundan el altar con una luz celestial. Es el arte de la luz urbana, del orgullo de las nuevas ciudades.
El viejo constructor enrolló los cuatro pergaminos con extremo cuidado y los depositó en las manos de su aprendiz.
—Andalusí, mozárabe, románico y gótico... —concluyó Julián—. Cuatro formas distintas de entender el mundo, la luz y la piedra. Ahora te toca a ti, Martín, grabarlas en tu mente y decidir cuál será la huella que tú dejes en la tierra.
Contesta las siguientes preguntas:
  1. ¿Quiénes son los dos personajes que protagonizan el relato en el interior de la abadía?
  2. ¿Qué objeto físico utiliza el viejo maestro Julián para mostrarle a su aprendiz los secretos de la arquitectura?
  1. Según el texto, ¿en qué famosas ruinas del sur se inspiró Julián para calcar el dibujo del arte andalusí?
  2. ¿Qué tipo de materiales más sencillos ocultaban los andalusíes bajo la rica decoración de ataurique?
  3. ¿Qué elemento arquitectónico recto utilizaban los mozárabes para enmarcar sus arcos de herradura califales?
  4. ¿Con qué fruta compara el maestro la forma de las bóvedas de gallones del arte mozárabe?
  1. ¿A lo largo de qué famosa ruta de peregrinación se topó Julián con el arte románico?
  2. ¿Qué tipo de arco y de bóveda son los elementos estructurales reyes en las iglesias románicas?
  3. ¿Qué dos innovaciones técnicas del arte gótico permitieron liberar los muros de la carga estructural del edificio?
  4. ¿Por qué elemento arquitectónico se sustituyen las paredes en las catedrales góticas para inundar el espacio de luz?

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