jueves, 5 de junio de 2025

TEMA 2 CUENTO DE JULIÁN EL MOZÁRABE

El tañido de las campanas de la iglesia de San Acisclo flotaba sobre los tejados de teja roja, mezclándose con el canto lejano del almuédano desde el minarete que el califa Abderramán III había mandado erigir en la Mezquita-Aljama. Para Julián, un joven mozárabe de la Córdoba del siglo X, ese cruce de sonidos era la música natural de su vida.

Vestía a la usanza omeya, con una túnica de lino ligero y un turbante que lo protegía del sol abrasador, pero bajo el pecho guardaba con celo un pequeño crucifijo de plata. Julián trabajaba como maestro copista y traductor en la vasta biblioteca del califa Al-Hakam II, un océano de más de 400.000 manuscritos gestionado con mano firme por Talab, el célebre director de la institución. Su dominio del latín eclesiástico, el romance y el árabe culto lo convertían en un puente vivo entre dos mundos.
Aquella tarde, un ujier de la corte le confió una tarea de suma urgencia. Julián tuvo que abandonar el bullicio de la Madraza y cruzar el imponente Puente Romano, cuyos dieciséis arcos desafiaban las aguas del río Guadalquivir, custodiados en el extremo sur por la robusta Torre de la Calahorra. Su destino estaba a tres millas de la ciudad: la fastuosa ciudad palatina de Medina Azahara.
Al llegar a la residencia califal, Julián quedó maravillado por el Gran Vestíbulo y la opulencia del Salón Rico, decorado con mármoles polícromos y ricos atauriques de piedra que emulaban motivos vegetales. Allí no se encontraba solo el califa. A su lado, dictando órdenes con una energía desbordante que ya hacía temblar los pasillos de palacio, estaba el joven e implacable háchib (primer ministro) Almanzor.
El propio califa le entregó un antiguo tratado de medicina botánica llegado como obsequio del emperador de Bizancio. El texto contenía la receta de un bálsamo capaz de frenar la fiebre que consumía a la hija menor de Al-Hakam II y de su influyente esposa, la sultana Subh Um Walad.
Julián se encerró en el scriptorium de palacio junto al hombre más sabio de la corte: Abulcasis (Al-Zahrawi), el padre de la cirugía moderna. Mientras Julián traducía los caracteres griegos y latinos al árabe, el gran médico cordobés analizaba las propiedades de los compuestos. Al llegar a un pasaje complejo, se dieron cuenta de que uno de los componentes esenciales, la raíz de una planta de alta montaña, no se encontraba en los almacenes reales.
Julián recordó entonces las enseñanzas de su abuelo, un viejo médico cristiano que curaba a los vecinos del barrio mozárabe junto a las antiguas murallas de la Ajerquía: esa misma planta crecía silvestre en las laderas umbrías de Sierra Morena y en el romance de su comunidad la llamaban "hierba de San Juan".
—Ve a por ella —ordenó Abulcasis—. Yo prepararé los almireces y el aceite base aquí, en los Baños Califales.
Sin perder un instante, Julián regresó a la ciudad a caballo. Cruzó la Puerta del Puente y, con la única guía de la luna y sus recuerdos de infancia, trepó entre los riscos de la sierra hasta encontrar los brotes de hojas perforadas.
Al amanecer, Julián se presentó en las estancias médicas del Alcázar. Bajo la atenta y escrutadora mirada de Almanzor, que vigilaba cada movimiento para asegurar que no hubiera veneno de por medio, Julián y Abulcasis mezclaron la raíz siguiendo la proporción exacta que dictaba el manuscrito. Pocas horas después de aplicar el remedio, la fiebre de la pequeña princesa remitió.
En agradecimiento, el califa Al-Hakam II convocó al joven copista ante su trono en Medina Azahara, flanqueado por la sultana Subh y un respetuoso pero distante Almanzor.
—Has demostrado que la verdadera sabiduría no entiende de fronteras ni de credos, Julián —dijo el califa, entregándole una bolsa de dinares de oro y un salvoconducto real para su comunidad—. Pídeme lo que desees.
Julián dio un paso al frente, fascinado por los arcos de herradura polilobulados que enmarcaban el salón, y se inclinó con respeto.
—Solo os pido, señor, que las campanas de nuestras iglesias sigan sonando con la misma libertad con la que vuestros sabios, como el gran Abulcasis, leen los libros de vuestra biblioteca.
El califa sonrió y asintió, mientras Almanzor tomaba nota mental del valor de aquel joven mozárabe. Esa noche, en el barrio mozárabe, Julián celebró la vida compartiendo el pan y los dátiles con su familia, mientras el eco de Córdoba demostbraba que, bajo el mismo cielo andalusí, la convivencia era el arte más valioso de todos.
Una vez leído el cuento, contesta las preguntas:
  1. ¿A qué impresionante ciudad palatina a las afueras de Córdoba acude Julián para ver al califa?
  2. ¿Qué monumento religioso de Córdoba tenía el minarete mandado erigir por Abderramán III?
  3. ¿Qué río cruza Julián a través del Puente Romano para ir a buscar la planta medicinal?
  4. ¿En qué zona o barrio cordobés se encontraba la comunidad mozárabe donde vivía la familia de Julián?
  1. ¿Quién es el califa bibliófilo que gobierna en el relato y que poseía una biblioteca de más de 400.000 manuscritos?
  2. ¿Qué joven e implacable personaje militar y político (háchib) vigila con desconfianza los movimientos de Julián?
  3. ¿Cómo se llamaba la influyente sultana, esposa del califa y madre del heredero, que aparece en el trono?
  4. ¿Qué célebre personaje real, considerado el padre de la cirugía moderna, ayuda a Julián en el laboratorio?
  1. ¿Qué significa que Julián fuera mozárabe en la sociedad de Al-Andalus?
  2. ¿Por qué el dominio de tres lenguas (latín, romance y árabe) hacía que Julián fuera tan valioso para la biblioteca real?

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